La era de la Generación Leonas y de los Leones Dorados
Tanto las selecciones argentinas de hockey césped femenino como la de basquet masculino dieron una batalla cultural contra el preconcepto a base del convencimiento en sus convicciones. Por Fabián Galdi.
domingo, 05 de agosto de 2012 - La historia del deporte es pródiga en el advenimiento de fenómenos rupturistas que se prolongan en el tiempo hasta transformarse en ciclos que se consolidan y devienen en la llegada de una nueva era. Es su quintaesencia: irrumpir, marcar acto de presencia, generar un revulsivo y horadar la base establecida, y así sucesivamente. En ese juego simbólico de flujo y reflujo, el desarrollo de una nueva clase de deportistas no cesa, incluso cuando ésta retrocede o se mantiene estática coyunturalmente por circunstancias propias de la actividad. Así, mientras parece perder posiciones en el contexto global, en realidad lo que hace es acumular experiencia y continuar la marcha hacia adelante.
En la Argentina, el proceso de cambio medular en el plano deportivo surgió en la transición desde fines del siglo XIX hasta principios del siglo XX y sigue hasta hoy, más allá del zigzagueo esperable conforme a las etapas de transformación en el desarrollo social.
El fútbol, por caso, pateó el tablero conforme al peso propio de su identificación con los sectores populares. En su llegada a tierras sudamericanas, era un deporte que se practicaba en colegios bilingües o en clubes de origen británico; victorianismo puro. Mientras esto sucedía en lugares en los cuales se aplicaba el derecho de admisión, todo lo contrario sucedía en zonas portuarias: los marineros ingleses pateaban una pelota como divertimento al bajar de los barcos y los jóvenes oriundos de la zona se encandilaron con el juego hasta convertirlo progresivamente en su favorito.
Estas nuevas formas de asociacionismo fueron el producto natural de la industrialización y la racionalización surgentes en ese momento histórico. En principio, la práctica deportiva estaba restringida a los inmigrantes descendientes y a los originarios pertenecientes a las clases altas. Con el paso el tiempo, al ser invadidos paulatinamente por los sectores provenientes de estratos medio y bajo de la sociedad, las elites se sintieron presionadas y adoptaron dos tipos de salida elegante: migrar hacia otros deportes o convertirse en dirigentes y/o administradores del deporte en vez de ser sólo sus meros practicantes.
Un siglo después de estos movimientos originarios de actividades lúdicas, comenzó a gestarse una relación simétrica entre dos grupos de deportistas sin que hubiera un hilo conductor que las nuclease previamente. El encuentro empezó a crecer con naturalidad a fines del siglo XX y principios del XXI. El básquet masculino y el hockey sobre césped femenino iniciaron una etapa de refundación desde la base de sus propios deportistas, sin que mediara una política de estado de por medio y ni siquiera fuera un producto de la planificación de las respectivas confederaciones nacionales de sendos deportes. Crecieron desde el pie.
En los juegos olímpicos de Sidney 2000, decepcionadas por una noticia que bien pudo haberlas quebrado emocionalmente, las jugadoras del seleccionado argentino femenino de hockey sobre césped optaron por el mejor de los caminos a seguir: el del inalienable derecho a decidir.
Una mala interpretación del reglamento había dejado al equipo preso de una situación apremiante: ganar todos los partidos o volverse rápidamente a casa. Si bien en la primera fase del certamen olímpico habían vencido en dos partidos y perdido en igual cantidad de veces, el reglamento no computaba los dos triunfos porque habían sido contra rivales que no se habían clasificado para la ronda siguiente; ergo: debían empezar el hexagonal en el sexto y último puesto, sin arrastrar puntos obtenidos en la etapa anterior.
En ese momento, lejos de desesperanzarse, las chicas coincidieron en vestir unas camisetas que les había regalado el cuerpo técnico – comandado por Daniel Vigil – en la previa a los juegos. La psicóloga del plantel, Nelly Giscafré, había entrevistado a tres de las jugadoras más representativas del grupo: Karina Masotta, Magdalena Aicega y Vanina Oneto. Cuando les preguntó con qué animal se identificaban, la respuesta fue coincidente: una leona.
Una de las hockistas – Inés Arrondo – sacó a relucir un dibujo que luego se transformó en logo: la leona, con una pata delantera en alto, en actitud de pelea. El peso simbólico del momento era el adecuado: una leona generalmente es representada durmiendo, luego de cazar para que se alimenten sus cachorros; ahora, en cambio, el ícono la mostraba preparándose para pelear.
Masotta, en su rol de capitana, propuso delante de sus compañeras que había llegado esa instancia, y la aceptación fue unánime. Sin darse cuenta, en una reunión privada y sin intermediarios, se estaba gestando un momento fundante en la historia de este deporte. Ya no se limitaba a la autocomplacencia de un título condescendiente en algún diario que hablase del “deber cumplido” o de haber estado “al borde de una hazaña”, sino todo lo contrario: se estaba quebrando el estereotipo del patrón cultural de tener que aceptar decisiones tomadas por otros, cual si fuera el mandato dogmático del deber ser.
Casi simultáneamente, aunque un par de años después, basquetbolistas argentinos que lograron ser admitidos en la poderosa NBA iniciaron un proceso similar al de las ya consagradas Leonas: ni más ni menos que el de constituirse en artífices y garantes de una transformación gradual que dejara atrás el conformismo hasta ir modificándolo por una necesidad expansiva de ir corriendo los límites siempre hacia adelante.
La extraordinaria inserción de Emanuel Ginóbili como abanderado de las conquistas deportivas en San Antonio Spurs fue la referencia obligada para que desde atrás crecieran los Oberto, los Scola, los Nocioni y así sucesivamente. En todos los casos, el proceso fue similar: acceso a la liga más poderosa del mundo y transvasamiento de esa experiencia para enriquecer al conjunto en la selección nacional. Los resultados de ambas construcciones colectivas están a la vista: medallas olímpicas desde Sidney hasta Pekín, inclusive, y posibilidad de que se expanda el ciclo victorioso en Londres.
Logros continentales y mundiales acrecientan el ciclo exitoso en lo deportivo, en contraposición al fracaso endémico del fútbol argentino a nivel de selecciones mayores desde hace casi dos décadas. El haber priorizado un proyecto en el cual no hay lugar para las internas, el vedetismo y las pequeñeces es la clave de por qué los procesos son antagónicos.
En vez de un hecho circunstancial o asociado a una figura cumbre (Maradona o Messi, por ejemplo), tanto las Leonas como la Generación Dorada construyeron su base a la inversa: dieron una batalla cultural contra el preconcepto y el orden establecido a base del convencimiento en sus convicciones.
Más allá de la cuestión de género, podría denominárselos la Generación Leona o los Leones Dorados, simplemente porque su esencia es la misma: ser, en vez de parecer.
En la Argentina, el proceso de cambio medular en el plano deportivo surgió en la transición desde fines del siglo XIX hasta principios del siglo XX y sigue hasta hoy, más allá del zigzagueo esperable conforme a las etapas de transformación en el desarrollo social.
El fútbol, por caso, pateó el tablero conforme al peso propio de su identificación con los sectores populares. En su llegada a tierras sudamericanas, era un deporte que se practicaba en colegios bilingües o en clubes de origen británico; victorianismo puro. Mientras esto sucedía en lugares en los cuales se aplicaba el derecho de admisión, todo lo contrario sucedía en zonas portuarias: los marineros ingleses pateaban una pelota como divertimento al bajar de los barcos y los jóvenes oriundos de la zona se encandilaron con el juego hasta convertirlo progresivamente en su favorito.
Estas nuevas formas de asociacionismo fueron el producto natural de la industrialización y la racionalización surgentes en ese momento histórico. En principio, la práctica deportiva estaba restringida a los inmigrantes descendientes y a los originarios pertenecientes a las clases altas. Con el paso el tiempo, al ser invadidos paulatinamente por los sectores provenientes de estratos medio y bajo de la sociedad, las elites se sintieron presionadas y adoptaron dos tipos de salida elegante: migrar hacia otros deportes o convertirse en dirigentes y/o administradores del deporte en vez de ser sólo sus meros practicantes.
Un siglo después de estos movimientos originarios de actividades lúdicas, comenzó a gestarse una relación simétrica entre dos grupos de deportistas sin que hubiera un hilo conductor que las nuclease previamente. El encuentro empezó a crecer con naturalidad a fines del siglo XX y principios del XXI. El básquet masculino y el hockey sobre césped femenino iniciaron una etapa de refundación desde la base de sus propios deportistas, sin que mediara una política de estado de por medio y ni siquiera fuera un producto de la planificación de las respectivas confederaciones nacionales de sendos deportes. Crecieron desde el pie.
En los juegos olímpicos de Sidney 2000, decepcionadas por una noticia que bien pudo haberlas quebrado emocionalmente, las jugadoras del seleccionado argentino femenino de hockey sobre césped optaron por el mejor de los caminos a seguir: el del inalienable derecho a decidir.
Una mala interpretación del reglamento había dejado al equipo preso de una situación apremiante: ganar todos los partidos o volverse rápidamente a casa. Si bien en la primera fase del certamen olímpico habían vencido en dos partidos y perdido en igual cantidad de veces, el reglamento no computaba los dos triunfos porque habían sido contra rivales que no se habían clasificado para la ronda siguiente; ergo: debían empezar el hexagonal en el sexto y último puesto, sin arrastrar puntos obtenidos en la etapa anterior.
En ese momento, lejos de desesperanzarse, las chicas coincidieron en vestir unas camisetas que les había regalado el cuerpo técnico – comandado por Daniel Vigil – en la previa a los juegos. La psicóloga del plantel, Nelly Giscafré, había entrevistado a tres de las jugadoras más representativas del grupo: Karina Masotta, Magdalena Aicega y Vanina Oneto. Cuando les preguntó con qué animal se identificaban, la respuesta fue coincidente: una leona.
Una de las hockistas – Inés Arrondo – sacó a relucir un dibujo que luego se transformó en logo: la leona, con una pata delantera en alto, en actitud de pelea. El peso simbólico del momento era el adecuado: una leona generalmente es representada durmiendo, luego de cazar para que se alimenten sus cachorros; ahora, en cambio, el ícono la mostraba preparándose para pelear.
Masotta, en su rol de capitana, propuso delante de sus compañeras que había llegado esa instancia, y la aceptación fue unánime. Sin darse cuenta, en una reunión privada y sin intermediarios, se estaba gestando un momento fundante en la historia de este deporte. Ya no se limitaba a la autocomplacencia de un título condescendiente en algún diario que hablase del “deber cumplido” o de haber estado “al borde de una hazaña”, sino todo lo contrario: se estaba quebrando el estereotipo del patrón cultural de tener que aceptar decisiones tomadas por otros, cual si fuera el mandato dogmático del deber ser.
Casi simultáneamente, aunque un par de años después, basquetbolistas argentinos que lograron ser admitidos en la poderosa NBA iniciaron un proceso similar al de las ya consagradas Leonas: ni más ni menos que el de constituirse en artífices y garantes de una transformación gradual que dejara atrás el conformismo hasta ir modificándolo por una necesidad expansiva de ir corriendo los límites siempre hacia adelante.
La extraordinaria inserción de Emanuel Ginóbili como abanderado de las conquistas deportivas en San Antonio Spurs fue la referencia obligada para que desde atrás crecieran los Oberto, los Scola, los Nocioni y así sucesivamente. En todos los casos, el proceso fue similar: acceso a la liga más poderosa del mundo y transvasamiento de esa experiencia para enriquecer al conjunto en la selección nacional. Los resultados de ambas construcciones colectivas están a la vista: medallas olímpicas desde Sidney hasta Pekín, inclusive, y posibilidad de que se expanda el ciclo victorioso en Londres.
Logros continentales y mundiales acrecientan el ciclo exitoso en lo deportivo, en contraposición al fracaso endémico del fútbol argentino a nivel de selecciones mayores desde hace casi dos décadas. El haber priorizado un proyecto en el cual no hay lugar para las internas, el vedetismo y las pequeñeces es la clave de por qué los procesos son antagónicos.
En vez de un hecho circunstancial o asociado a una figura cumbre (Maradona o Messi, por ejemplo), tanto las Leonas como la Generación Dorada construyeron su base a la inversa: dieron una batalla cultural contra el preconcepto y el orden establecido a base del convencimiento en sus convicciones.
Más allá de la cuestión de género, podría denominárselos la Generación Leona o los Leones Dorados, simplemente porque su esencia es la misma: ser, en vez de parecer.
