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Diabetes tipo dos y obesidad abdominal

En los últimos años las perturbaciones en el metabolismo de la glucosa han pasado a ser problemas médicos que afectan a millones de personas alrededor del planeta y, la diabetes tipo dos es la enfermedad de esta clase con mayor incidencia en personas obesas o bien con sobrepeso.
Roger Unger, del Centro para la Investigación de la Diabetes Touchtone de Texas (Estados Unidos) ‘JAMA’, comentó en la gaceta The Journal of the American Medical Association, que las estrategias actuales para supervisar la diabetes tipo dos están destinadas al fracaso si prosiguen centrándose solamente en reducir los niveles de glucosa en sangre a través de la administración de medicación antidiabética y de dosis cada vez mayores de insulina.
Unger se apoya en la enorme cantidad de conocimiento amontonado en los últimos tiempos para plantear un replanteamiento de la enfermedad, como de su prevención y tratamiento, puesto que la evidencia a nivel científico sugiere que cualquier opción alternativa terapéutica para eludir y supervisar la diabetes tipo dos pasa sin variación por la reducción de la obesidad corporal; en concreto de la abdominal.
La grasa que se amontona cerca de las vísceras de esta zona ha ido cobrando estrellato en el momento de valorar el peligro cardiovascular de los pacientes. Así, muchos especialistas plantean que en las consultas de cualquier facultativo haya, aparte del tradicional fonendo, un metro para medir el perímetro de la cintura, en tanto que este es un indicador externo de la cantidad de grasa amontonada en esta zona.
No obstante, el papel de la adiposidad abdominal no se queda ahí. Según lo que parece, asimismo incide de forma decisiva en la regulación del metabolismo de la glucosa y la contestación de la insulina frente a los hidratos de carbono, esto es, del proceso que conduce a la diabetes del adulto.
Hasta hace menos de una década, se pensaba que la grasa del abdomen era una reserva inerte del exceso de calorías que se ingerían. Este depósito se hace patente en diferentes zonas del cuerpo, dando sitio a una obesidad tipo ‘pera’ (más habitual en las mujeres y que se encuentra en caderas y muslos esencialmente) o bien a una tipo ‘manzana’ (frecuente en los varones y que se ubica en la tripa).
No obstante, al tiempo que la morfología de ‘pera’ no tiene más trascendencia que la meramente estética, la de tipo ‘manzana’ es considerablemente más perjudicial, en tanto que eleva el peligro de perturbaciones metabólicas que, por último, conducen a distintas enfermedades.
¿Cuál es el motivo de que los michelines sean tan peligrosos?
Puesto que que los adipocitos o bien células grasas abdominales, al estar aumentados en número y tamaño, tienen la capacidad de producir substancias, llamadas adipocitoquinas, implicadas en múltiples procesos metabólicos que, por su parte, inciden en el gasto calorífico, la ingesta de comestibles y en el funcionamiento de los lípidos y los azúcares.
Por otra parte, los adipocitos de los pacientes obesos presentan menos receptores de insulina, aparte de más cantidad de receptores beta adrenérgicos que repercuten en una liberación mayor de ácidos grasos libres.
Este sobrante afecta a un mayor nivel de radicales libres que asimismo interaccionan con ciertas adipocitoquinas, lo que termina en la apoptosis (muerte celular) de la células beta del páncreas (órgano encargado de segregar la insulina endógena).
Este proceso, llamado lipotoxicidad, daña el metabolismo de la glucosa y la insulina. «Esta es una prueba irrebatible de que la diabetes tipo dos tiene un origen lipocéntrico», asevera el documento de ‘JAMA’ que apunta la necesidad de alterar la perspectiva «glucocéntrica» predominante hasta el instante y entregar más relevancia al estudio de la grasa del abdomen y el papel de los adipocitos, hasta el momento «unos grandes desconocidos».
En muchos trabajos se ha constatado que una reducción del peso y, en consecuencia, de la grasa del abdomen repercute positivamente en múltiples factores de peligro cardiovascular y, de forma muy singular, en la normalización del metabolismo de la glucosa, que aparece perturbado en los diabéticos tipo dos y en aquellos pacientes que terminan padeciéndola. Una investigación publicado hace mes y medio, asimismo en ‘JAMA,’ probaba que la cirugía bariátrica (reducción de la capacidad del estómago para luchar la obesidad) tenía efectos positivísimos sobre la diabetes tipo dos de los pacientes reclutados para el seguimiento.
En verdad, el setenta y tres por ciento de la muestra consiguió una remisión total de la nosología. Ante tal éxito, el editorial que acompañaba a esta investigación postulaba esta clase de intervención como tratamiento futuro de la diabetes del adulto; eso sí, siempre y en toda circunstancia para personas a las que no les quedara otra opción alternativa.
«Este descubrimiento ha abierto un horizonte muy esperanzador para este género de pacientes», escribían sus autores, pese a reconocer que aún quedaban trabajos por hacer en este terreno y advertir de que la operación bariátrica no está exenta de peligros.
No obstante, y dados los pobres resultados que se consiguen en el tratamiento de la diabetes del adulto, no semeja disparatado incorporar todas y cada una de las opciones alternativas terapéuticas posibles al arsenal libre, sobre todo teniendo presente los buenos rendimientos que se consiguen adelgazando, aun sin llegar al quirófano.
Buena prueba de ello es otro trabajo, recogido en el número de enero de ‘Archives of Internal Medicine.’ Este seguimiento concluyó que los diabéticos tipo dos que recibían consejo médico dirigido a que alterasen su modo de vida para bajar de peso (a través de dieta y ejercicio) conseguían supervisar mejor su nosología que aquellos que se limitaban a proseguir la terapia usual, basada sobre todo en medicamentos.
Esta vez, el comentario adjunto al artículo hacía hincapié en que aun una reducción modesta de la grasa del abdomen podría ejercer beneficios notables y no solo por lo que respecta al control de la diabetes (si bien esta nosología es la más señalada) y la enfermedad cardiovascular derivada de la aterosclerosis.
Y es que otras investigaciones asimismo han relacionado las adipocitoquinas producidas por la grasa del abdomen con la aparición y progresión de ciertas neoplasias (cánceres) por su repercusión sobre la mitosis celular y la angiogénesis (capacitación de red vascular que nutre a los tumores); con trastornos sanguíneos (por su incidencia sobre la distinción y proliferación de las células hematopoyéticas); con la osteosíntesis (complican la cicatrización de los huesos) y con funciones inmunológicas.
Estos datos no implican que todas y cada una de las nosologías se deban solamente a una rebeldía insólita de las adipocitoquinas presentes en los michelines.
Mas sí, en lo que a la diabetes se refiere, implican que «la terapia más racional va a ser la que reduzca el sobrante calorífico responsable de la hiperinsulinemia [exceso de glucosa en sangre] y la lipogénesis [formación y acumulación de grasa]. Si mejoran estos factores, la glucemia proseguirá exactamente el mismo camino progresivamente […]. En caso de que tras todas y cada una estas intervenciones la glucosa prosiga alta, se requerirá medicación antidiabética; mas como último recurso», augura el creador deo comentario de ‘JAMA’.
Luchar contra la tripa
Dieta. Las claves dietéticas para sostener la línea no son ningún misterio. Se debe limitar la cantidad de productos de origen animal y las grasas saturadas; acrecentar la ingesta de vegetales, pescado, legumbres y cereales integrales. Las calorías deben repartirse en 5 o bien 6 comidas cada día.
Ejercicio. No hay que transformarse en un atleta de élite, mas sí es preciso hacer media hora de actividad física moderada día a día.
Medicación. Los pacientes que precisen ayuda farmacológica para perder peso deben preguntar con su médico y proseguir el tratamiento escrupulosamente, siempre y en toda circunstancia complementado con dieta hipocalórica y algo de deporte.
Cirugía. Es una medida de emergencia en los casos más graves. Implica un cambio en el modo de vida que debe manterse claramente.
Constancia. Ningún antídoto es efectivo si no se aplica frecuentemente.

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